Caminar o correr?

Esta semana empiezo a activar mi blog con textos sobre Walking & Running, motivada por el lanzamiento de mi Running Club, el próximo viernes, 22, a las 19:00.

LAS NECESIDADES DEL PRÓPIO EGO

Nuestro talante diario hace que cada vez dediquemos más esfuerzos a superar el día a día, hasta el punto de caer en monotonías que limitan nuestra libertad de acción y por tanto, corremos el riesgo de minimizar nuestro grado de felicidad. Esta dinámica nos fuerza a encontrar válvulas de escape, balones de oxígeno que pueden acabar siendo de vital importancia para conciliar nuestra vida familiar, social y laboral.

Desde hace un tiempo, somos más sensibles a la hora de cuidar nuestra salud y escaparnos del sedentarismo, y evaluamos diferentes estrategias para tener un estilo de vida activo que pasa por movernos, sea caminando más o practicando deporte a un nivel u otro.

La búsqueda por cubrir las necesidades de nuestro ego puede comportar ciertos riesgos, ya que la satisfacción que nos aporta, lleva implícito querer más, y es por eso que tenemos que asumir estos rectos personales con sentido común.

La práctica deportiva se ha convertido en un evento social que va en aumento, y que se hace para mantener y potenciar el grado de salud, que es la mejor estrategia no farmacológica para luchar contra las muertes  derivadas del sedentarismo. Pero, lo que es evidente es que la actividad física que se practica, sea por prescripción médica con el objetivo de minimizar los riesgos asociados a una patología, o para disfrutar de un paseo en bicicleta, hacer parte de una cursa popular o para conquistar un reto físico, genera tanta cantidad de endorfinas que la mejora física se asocia a la mejora psicológica, y eso engancha.

El bienestar que nos provocamos a nosotros mismos hace que en muchas ocasiones queramos más, y es cuando nos planteamos nuestros propios retos a veces de manera precipitada.

Viendo la cantidad de gente que sale a la calle a correr uno llega a la conclusión que hemos acertado un camino hacia una sociedad más sana, también podemos pensar que el péndulo se decanta hacia el lado de la exageración, cosa que nos hace participes.

Dr. DANIEL BROTONS I CUIXART doctor especialista en medicina del deporte

¿CAMINAR O CORRER?

Depende de qué aspecto de la salud se quiera cuidar y depende del estado físico y de las preferencias de cada persona. Lo que es mejor para una persona físicamente activa, que dispone de poco tiempo y que disfruta de descargas masivas de endorfinas no será lo más adecuado para otra persona que ha llevado una vida sedentaria, que tiene sobrepeso y a quien el médico acaba de recomendar que haga ejercicio.

Si se mira únicamente la salud cardiovascular, tanto correr como caminar son altamente beneficiosos, según un estudio que ha analizado datos de más de 33.000 corredores y 16.000 caminantes de EE.UU. sobre un periodo de seis años. El estudio, liderado por el Laboratorio Nacional Lawrence Berkeley de California, es el más amplio que se ha realizado hasta la fecha comparando los beneficios de los dos tipos de ejercicio. Según los resultados presentados en la revista Arteriosclerosis, Thrombosis and Vascular Biology, los beneficios cardiovasculares de correr y de caminar son similares si la distancia recorrida es la misma.

“Si uno piensa en clave calvinista -cuanto mayor es el esfuerzo, mejores son los resultados-, creerá que correr es más beneficioso”, ha declarado Paul Thompson, coautor del estudio, a la revista American Medical News. Y es cierto que, “cuanto más rápido se va, más rápido se obtienen resultados; pero ir a un ritmo lento y constante nos acaba llevando al mismo punto”.

El estudio ha detectado que tanto correr como caminar reducen el riesgo de desarrollar hipertensión, exceso de colesterol, diabetes o una enfermedad coronaria en los seis años siguientes. El mayor beneficio se observa con el riesgo de diabetes, que se reduce alrededor de un 12% con ambas actividades. Para el colesterol, la hipertensión y la enfermedad coronaria, es un poco mejor caminar (con una reducción de riesgo de entre 7% y 9,3%) que correr (entre 4,2% y 4,5%).

Pero en ambos casos el beneficio aumenta cuanto mayor es la distancia recorrida. “Si el gasto de energía es equivalente, un ejercicio moderado como caminar y un ejercicio vigoroso como correr producen reducciones de riesgo similares”, concluyen los investigadores. Estos resultados demuestran que uno no necesita esforzarse en ir muy rápido para reducir de manera significativa su riesgo cardiovascular.

Dado que cuando se corre se suele consumir aproximadamente el doble de energía que cuando se camina, “para conseguir los mismos efectos, hay que pasar el doble de tiempo caminando que corriendo”, explica Enric Subirats, especialista en medicina interna del hospital Transfronterer de Puigcerdà. “Una buena opción es correr los días que tenemos poco tiempo y caminar los días que tenemos más”.

Un caso particular es el de las personas con exceso de peso, especialmente si no están acostumbradas a practicar actividad física, advierte el cardiólogo Josep Brugada, director médico del hospital Clínic. En estos casos recomienda “primero caminar; después, a medida que mejora el estado físico, se puede iniciar un trote suave e ir aumentando el ritmo progresivamente”.

Brugada recuerda que, para un máximo beneficio cardiovascular, conviene alcanzar entre 120 y 140 pulsaciones por minuto durante 45 minutos. Por lo tanto, si se prefiere caminar que correr, conviene hacerlo a un ritmo lo bastante vivo para ejercitar el sistema cardiorrespiratorio.

Más allá de la salud cardiovascular, cuando se analiza cómo afecta la actividad física a las articulaciones, “no hay duda que caminar es mejor que correr”, señala el traumatólogo Rafael González-Adrio, especialista en rodilla y cadera y director de la Adrio Clínic en el centro médico Teknon. González-Adrio recuerda que al correr las articulaciones de las piernas soportan una carga de entre dos y tres veces el peso corporal a cada paso. Lo cual explica que las personas que corren tengan un riesgo más alto de desarrollar artrosis al cabo de los años que las que caminan.

Pero si, en lugar de centrarse en las articulaciones, se analizan los efectos sobre el estado de ánimo, correr parece ser mejor que caminar. Ambos ejercicios mejoran el riego sanguíneo del cerebro, favorecen el rendimiento intelectual, ayudan a preservar la memoria en personas mayores y reducen el riesgo de ictus y de alzheimer. Sin embargo, las actividades físicas intensas y sostenidas, como correr, proporcionan una sensación de bienestar psicológico -el runner’s high, o euforia del corredor- a la que no se puede acceder caminando. “Tengo pacientes con artrosis de rodilla que siguen corriendo porque para ellos tiene un efecto antidepresivo”, explica el reumatólogo Jordi Monfort, del hospital del Mar. “Caminar sería mejor para sus articulaciones, pero no les proporciona el mismo bienestar”.

De modo que, una vez vistos los argumentos a favor y en contra de caminar y de correr, ¿cuál de los dos protagonistas de la primera escena dirían que tiene razón, el caminante o el corredor? La conclusión que se desprende del estudio del Laboratorio Nacional Lawrence Berkeley es que se puede elegir. Para quien prefiera caminar, está bien caminar. Para quien prefiera correr, está bien correr. Ambos son igualmente beneficiosos. Y cualquiera de los dos es mejor que quedarse sin hacer nada.

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